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JUE, 27 AGO 2026
Entretenimiento

Quince años después, Damon Lindelof sigue aclarando lo que todos se negaban a entender de Perdidos

El cocreador de la serie volvió a desactivar la teoría del purgatorio, explicó el sentido real de los flash sideways de la última temporada y contó de dónde salió la idea: un texto budista del siglo VIII y una decisión tomada entre la tercera y la cuarta temporada.

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Ana Paula GribaudoCultura y espectáculos · 27 DE AGO DE 2026 · lectura 4 min
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A esta altura ya parece un clásico: alguien publica una entrevista con Damon Lindelof, los fans de Perdidos se persignan, corren a Twitter a discutir, y el debate vuelve a empezar como si estuviéramos en 2010. Pero la pregunta de fondo sigue siendo la misma de siempre, la que nunca termina de cerrarle del todo al público: qué fue real y qué fue una alucinación narrativa en esa serie que nos tuvo seis años pegados al televisor. Y Lindelof, otra vez, salió a dar respuestas.

La teoría más popular, esa que sobrevive en foros, podcasts y cenas de amigos, dice que la isla era el purgatorio y que nada de lo que vimos durante seis temporadas ocurrió de verdad. El cocreador la desmintió una vez más, con una frase que parece diseñada para ser citada en títulos catástrofe: "Todo lo que siempre te hemos mostrado, todo lo que ocurre en la isla, ocurrió. Absolutamente, al cien por cien".

Lo que pasó en la isla pasó. Lo que no, son los flash sideways.

La aclaración es quirúrgica. El último fotograma de la serie, con Jack cerrando los ojos y muriendo, pertenece al relato principal, al hilo de lo que efectivamente sucedió. La Iniciativa Dharma fue real, la isla fue real y, al terminar la serie, Hurley y Ben continuaban operando allí. Punto. Lo que nunca ocurrió fue esa línea narrativa paralela de la sexta temporada, esos flash sideways donde los personajes no se conocen entre sí y el avión nunca se estrella.

“Todo lo que siempre te hemos mostrado, todo lo que ocurre en la isla, ocurrió. Absolutamente, al cien por cien.”Damon Lindelof

¿Entonces qué eran esos flash sideways? El propio Lindelof lo define como la experiencia de los personajes después de la muerte: ni una realidad alternativa, ni una paradoja temporal al estilo Volver al futuro. Y acá aparece lo más jugoso de la charla, porque la idea no nació de un guionista mirando un pizarrón, sino de un libro bastante más antiguo que cualquiera de nosotros.

  • El concepto del Bardo Thodol, conocido en Occidente como el Libro tibetano de los muertos, describe un estado intermedio en el que una persona muere pero no sabe que está muerta. Nadie puede decírselo, aunque puede recibir señales.
  • Lindelof lo sintetiza con una frase que parece escrita para un guion: "La idea de Bardo es un lugar al que vas cuando mueres pero no sabes que estás muerto. Nadie puede decírtelo."
  • La decisión de cerrar la serie con la muerte de Jack se tomó temprano. Los guionistas veían en la simetría entre el ojo que se abre en el piloto y el ojo que se cierra en el final la conclusión correcta.
  • Para que el recurso no se notara desde el arranque, introdujeron los viajes en el tiempo al final de la cuarta temporada y construyeron toda la quinta temporada sobre esa base.
  • La idea era que el público interpretara los flash sideways como una paradoja temporal hasta que los propios personajes, al recordar cosas que en esa línea nunca vivieron, obligaran a la pregunta inevitable.

Y acá, con el diario del lunes y quince años de distancia, uno mira atrás y entiende la jugada. Nos vendieron tiempo, líneas alternativas, saltos al pasado y al futuro, para que cuando llegara el golpe de realidad (la muerte de Jack, el sentido verdadero de ese limbo donde todos se reencuentran en una iglesia) el espectador estuviera tan mareado como los propios personajes. Fue una trampa consentida, Lindelof lo admite sin culpa. Lo que aún duele (y esto es opinión pura y dura de quien firmó esta nota) es que muchos fans nunca terminaron de aceptar la explicación. Tal vez porque aceptar que no era el purgatorio significaba aceptar que tampoco había una gran trama secreta esperando ser develada: solo había una historia de gente perdida, literalmente, intentando volver a encontrarse.

Para el que nunca vio Perdidos o lo abandonó por ahí por la tercera temporada: dense el gusto de hacerle caso a Lindelof y volver a entrar. No es una serie perfecta, tiene agujeros, tiene episodes de relleno irritantes y tiene a un personaje (Locke, siempre Locke) al que dan ganas de estrangular. Pero la construcción del misterio, el uso de la música, el ritmo de los cliffhangers y, sobre todo, esa manera de mezclar ciencia ficción con espiritualidad sin caer en el ridículo, siguen siendo una experiencia que merece revisitarse. Quince años después, todavía hay cosas que discutir.

AP
Ana Paula GribaudoCultura y espectáculos

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