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JUE, 27 AGO 2026
Vida

Un museo sin cartel en medio de la Quebrada: la apuesta silenciosa de Lucio Boschi

A 2.700 metros de altura, frente a Tilcara, funciona el Museo Entre los Cerros, un espacio dedicado a la fotografía latinoamericana que crece sin señalización, sin publicidad y a fuerza de boca en boca. La historia de su fundador, las obras de Marcos López, Graciela Iturbide y Martín Chambi que cobija, y el programa gratuito que ya forma a jóvenes fotógrafos de las provincias.

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Mónica BaravalleSociedad y pueblos · 27 DE AGO DE 2026 · lectura 5 min
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La primera vez que vi el Museo Entre los Cerros fue de pura casualidad, y esa casualidad creo que dice mucho de cómo funciona este lugar. Venía por la ruta 9, de bajada hacia Tilcara, con el sol de la tarde haciendo eso tan jujeño de pintar los cerros de un naranja que parece irreal, cuando una construcción de adobe, pegada contra el paredón de la quebrada, me llamó la atención. No había un cartel que la anunciara, ni un bandera, ni un poste indicador. Sólo una puerta abierta, una luz cálida saliendo desde adentro y un silencio que invitaba a frenar. Frené. Y lo que encontré adentro me cambió el viaje.

El Museo Entre los Cerros, conocido por su sigla MEC, está en la Quebrada de Huichaira, Jujuy, a 2.700 metros de altura. Se llega por la ruta 9, prácticamente frente a Tilcara, aunque el tramo final por los caminos de tierra del cerro puede jugarle una mala pasada al GPS, que en la zona suele estar desactualizado. La referencia más práctica es esa: ruta 9, mano hacia Tilcara, y después doblar siguiendo el cauce del río Huichaira. Pero insisto: no busquen un letrero, porque no lo van a encontrar. Y eso, como me enteré después, no es un descuido. Es una decisión.

Una decisión de fundar en silencio

Quien tomó esa decisión es Lucio Boschi, un fotógrafo de 60 años nacido en la provincia de Buenos Aires que hoy vive en estos cerros como si fueran los suyos. Lucio llegó a la zona hace ya varios años, siguiendo el curso de la quebrada del río Huichaira, hasta que se topó con una formación natural que lo golpeó fuerte, como él cuenta, y decidió comprar un terreno. Primero levantó una casa de barro para vivir. Después, con los años, esa casa se fue transformando en museo, siempre con la misma lógica: paredes de adobe que se mimetizan con el paisaje, techos que dejan pasar la luz justo en el ángulo que un fotógrafo necesita, y ventanas que enmarcan los cerros como si fueran fotografías vivas.

La elección del adobe no es estética solamente: la arquitectura está pensada para que la luz natural entre a las salas y para que el entorno sea parte de la experiencia. Adentro no hace falta ningún cuadro de más: los cerros entran por las aberturas y se cuelan entre las obras.

Una colección armada a fuerza de cartas

La colección permanente del MEC reúne obras donadas por fotógrafos argentinos y latinoamericanos de primer nivel. Los nombres asustan por la jerarquía: están Marcos López, Graciela Iturbide, Martín Chambi, Alessandra Sanguinetti, Irina Werning y Rodrigo Abd, entre otros. Cuando Lucio me cuenta cómo los juntó, me detengo a escucharlo con atención: recurrió a cartas enviadas a colegas, a contactos que había cultivado durante años de trabajo internacional y a lazos con galerías y coleccionistas de distintos países. Y lo másremarkable es que, según su propio relato, todos respondieron que sí. Donaron piezas a un museo que todavía no existía como tal, en un pueblo sin nombre en los mapas turísticos, sin página web rutilante, sin redes sociales activas. Le creyeron, claramente, porque conocían al fotógrafo y sabían de su trayectoria.

Los primeros visitantes fueron los chicos de la escuela

Al principio, me cuenta Lucio entre mate y mate, no llegaba nadie. Y lejos de lamentarse o salir a buscar publicidad, él decidió mantener la apuesta: el público, si tenía que venir, iba a descubrir el museo por cuenta propia. Los primeros visitantes fueron los chicos de la escuela vecina, que un día se asomaron por la puerta entreabierta y se encontraron con fotografías de Martín Chambi colgadas en paredes de barro. Después vinieron guías locales, después grupos de fotógrafos, y con el tiempo, algo que a mí me sigue pareciendo asombroso, empezaron a caer por Huichaira curadores y directores de museos internacionales de primer nivel. Hoy el MEC convoca visitantes de todo el país, que llegan recomendados por alguien o por esa intuición que tienen los viajeros cuando huelen un lugar verdadero.

Más que un museo: un programa de formación

El MEC hoy ofrece mucho más que una colección. Funciona como una biblioteca especializada, como sede de talleres y como espacio de residencias artísticas para fotógrafos que vienen a trabajar inspirados por la luz y la geografía del lugar. Y hay algo que me parece central y que quiero destacar: el museo sostiene un programa gratuito de formación orientado a jóvenes fotógrafos de las provincias, una iniciativa que busca que la herramienta fotográfica no quede reservada a quienes pueden pagar un posgrado en Buenos Aires. Es, en los hechos, un semillero. También funciona como punto de encuentro para la comunidad local: vecinos de Huichaira y de Tilcara se acercan al museo no sólo a ver fotos, sino a participar de actividades, conversar con los artistas residentes y apropiarse del espacio.

  • Colección permanente con obras de Marcos López, Graciela Iturbide, Martín Chambi, Alessandra Sanguinetti, Irina Werning y Rodrigo Abd, entre otros.
  • Biblioteca, talleres y residencias artísticas para fotógrafos de toda la región.
  • Programa gratuito de formación para jóvenes fotógrafos de las provincias.
  • Construcción de adobe integrada al paisaje, sin señalización en la ruta.

Antes de irme, paro un rato en uno de los bancos de madera que están dentro de las salas. Hay que ir con tiempo, eso lo subrayo, porque las salas tienen luz natural, bancos para detenerse y un ritmo que invita a caminar despacio, casi como una peregrinación laica. Afuera, el sol ya está bajando y los cerros vuelven a encenderse. Pienso en Lucio, en la decisión de no poner un cartel, en la valentía de confiar en que el boca en boca iba a hacer el trabajo. Pienso en los chicos de la escuela que fueron los primeros en entrar. Pienso en los jóvenes fotógrafos de las provincias que hoy están formando ahí, gratis, en el medio de la nada, o mejor dicho, en el medio de todo. Cuando vuelvo a la ruta 9 y dejo atrás la quebrada, miro por el espejo retrovisor y todavía no hay ningún cartel que indique el museo. Y está bien que así sea.

MB
Mónica BaravalleSociedad y pueblos

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