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JUE, 27 AGO 2026
Vida

Cincuenta almendras antes de dormir: lo que dice un estudio que siguió a 175 adultos durante cinco meses

Un ensayo clínico en la India comparó el efecto del fruto seco sobre el descanso y encontró mejoras subjetivas, aunque las mediciones objetivas fueron más cautas. La investigación fue financiada por la industria del sector.

MB
Mónica BaravalleSociedad y pueblos · 27 DE AGO DE 2026 · lectura 5 min
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Tengo frente a mí, desplegado en la pantalla, el paper de Frontiers in Nutrition que estos días circuló por las redacciones científicas y que ya llegó a los portales generalistas. Es de esos trabajos que invitan a hacerse preguntas cotidianas mientras uno los lee: ¿realmente sirve comer un puñado de almendras a la noche para dormir mejor, o es otra de esas modas que el tiempo termina desmintiendo? Me propongo contarles qué dice el estudio, qué midió y, sobre todo, qué margen de confianza cabe darle, porque no todo lo que parece promisorio en una primera lectura lo es cuando se lo mira con lupa.

El ensayo reclutó a 175 adultos de entre 21 y 55 años, todos residentes en la India, con una calidad de sueño deficiente al momento de arrancar. Es importante ese primer dato, porque no se trató de voluntarios que dormían bien y a los que se les midió si dormían aún mejor: se partió de una población con dificultades reales, definidas con cuestionarios validados, registros de ondas cerebrales y marcadores bioquímicos. Esa es la base sobre la que después se compararon dos grupos, uno que incorporó alrededor de 50 almendras diarias a su rutina nocturna y otro que recibió una colación con el mismo aporte calórico, durante cinco meses seguidos.

Qué midió el estudio y qué encontraron

  • Calidad subjetiva del sueño, evaluada con cuestionarios de autopercepción completados por los propios participantes.
  • Parámetros objetivos, como registros de ondas cerebrales y marcadores bioquímicos vinculados al descanso.
  • Niveles de melatonina, la hormona central en la regulación del ciclo sueño-vigilia.
  • Frecuencia de despertares nocturnos y tiempo que los participantes tardaban en conciliar el sueño.
  • Comparación entre el grupo que consumió almendras y el que recibió una colación calóricamente equivalente.

Al cierre del período, quienes integraron el grupo de las almendras mostraron mayor probabilidad de alcanzar una mejora considerada clínicamente significativa en sus puntajes de calidad de sueño. En criollo: sintieron que dormían mejor, se dormían con más facilidad y se despertaban menos. Los niveles de melatonina fueron algo más altos en ese mismo grupo, un dato que ayuda a darle plausibilidad biológica al resultado. Ahora bien, acá viene el matiz que el propio paper se encarga de subrayar y que no conviene pasar por alto: cuando se miraron las mediciones objetivas, los cambios fueron más moderados que lo que los participantes reportaron sentir. Hay una distancia entre el descansar percibido y el descanso medido, y esa distancia es la que cualquier lector debe tener presente antes de correr a comprarse un paquete de almendras.

¿Por qué podrían ayudar las almendras? El estudio menciona tres ejes. El primero es el magnesio, un mineral que los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos describen como necesario para la actividad muscular y nerviosa, y cuya presencia en la dieta se asocia en la literatura con una mejor regulación del sueño. El segundo es el triptófano, un aminoácido que el cuerpo utiliza como materia prima para sintetizar serotonina y, a partir de ella, melatonina, la llamada hormona del sueño. El tercero es el perfil nutricional general del fruto seco: proteína, grasas insaturadas y fibra, una combinación que favorece una digestión más pausada y ayuda a mantener más estables los niveles de glucosa durante la noche, un factor que distintos especialistas vienen señalando hace años como clave para reducir los despertares.

Los límites que conviene tener en cuenta

Hay tres observaciones que cualquier lector serio debería hacerse antes de tomar el estudio como una recomendación universal. La primera es que la investigación fue financiada por el Almond Board of California, la entidad que representa a la industria de las almendras en ese país. Eso no invalida los hallazgos, pero sí obliga a leerlos con cuidado y a esperar réplicas independientes, con otros diseños y con muestras más amplias, antes de cantar victoria. La segunda es que se trató de un ensayo acotado a adultos indios sin trastornos mayores del sueño: quedaron afuera personas con apnea, narcolepsia o insomnio crónico diagnosticado, es decir, justamente quienes suelen tener los problemas más serios para conciliar o mantener el descanso. La tercera es que la diferencia más vistosa apareció en la percepción subjetiva, no en los registros objetivos, y esa es la zona donde el efecto placebo y las expectativas suelen hacer de las suyas.

La Organización Mundial de la Salud lo repite hasta el cansancio: el insomnio que se sostiene en el tiempo, la somnolencia marcada durante el día o las pausas respiratorias que otra persona alcanza a observar mientras uno duerme son señales que piden consulta médica, no un cambio de colación nocturna. Una porción razonable ronda las 50 unidades, lo que equivale más o menos a un puñado generoso; superar esa cantidad de manera habitual puede sumar calorías de más y, en personas con sensibilidad digestiva, generar molestias que lejos están de favorecer el descanso.

Lo que a mí me queda, después de leer el paper varias veces y de cruzar la nota con lo que recomiendan las guías alimentarias locales, es una sensación bastante terrenal: las almendras pueden integrarse sin problema a una estrategia alimentaria compatible con un mejor descanso, sobre todo en personas que no tienen un trastorno diagnosticado y que buscan sumar nutrientes antes que soluciones mágicas. No son una pastilla para dormir, ni el estudio dice que lo sean. Son un alimento con buen perfil nutricional, que además contiene dos o tres componentes con los que la fisiología del sueño viene trabajando hace rato. Para quienes ya duermen mal y están pensando en probar este camino, el consejo más sensato es el de siempre: comentarlo con el médico de cabecera, sobre todo si se toman medicaciones o se convive con enfermedades crónicas, y no reemplazar por un puñado de almendras la consulta que el cuerpo viene pidiendo a gritos.

MB
Mónica BaravalleSociedad y pueblos

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