La vez que Miyazaki quiso hacer anime de Pippi Calzaslargas y la propia Astrid Lindgren lo mandó a freír buñuelos
El maestro japonés viajó a Suecia en 1971, estudió los paisajes de Visby y dejó un archivo entero de bocetos. La autora sueca le dijo que no. Lo que vino después es historia del cine.
A veces el no más famoso de la historia del animé no fue de un estudio, ni de un productor, ni de un ejecutivo difunto: fue de una señora sueca con cara de maestra de escuela y un olfato finísimo para las malas decisiones. En 1971, Hayao Miyazaki se subió a un avión con un único objetivo en la cabeza: conseguir los derechos de Pippi Calzaslargas para hacer una serie. Volvió con los bocetos y la dignidad herida. Cuarenta años antes de que el mundo lo llamara genio, una autora nórdica ya le estaba marcando la cancha.
La cosa viene de un fracaso. Miyazaki y su socio Isao Takahata arrastraban el papelón comercial de Las aventuras de Hols, el príncipe del sol (1968), una película que les había costado el puesto en Toei Animation. Los recogió el productor Yasuo Otsuka, que había armado un estudio chiquito llamado A-Pro para hacer algo distinto a la tanda de series televisivas que inundaba Japón. Y el proyecto que les entusiasmó de verdad fue Pippi. No era un capricho: era la posibilidad de hacer algo serio, de adultos, sin la lógica de fábrica de la televisión.
Lindgren dijo que no por dos razones bien concretas
- Porque la adaptación cinematográfica de Pippi que se hizo en 1949 le había dejado un gusto amargo y no quería repetir la experiencia.
- Porque pensaba que el animé japonés era demasiado violento para sus historias de niña fuerte, pelirroja y dueña de un caballo.
Pero acá es donde la historia se pone linda, porque Miyazaki no volvió con las manos vacías. Se había recorrido Visby como si fuera un Scout, había llenado libretas con paisajes que le cambiaron para siempre la imagen que tenía de Europa y se había hecho un archivo entero de bocetos y notas de investigación. Toda esa cucha no se perdió: se transformó. Gran parte de esas ideas recalaron en Las aventuras de Panda y sus amigos (1972), un mediometraje dirigido por Takahata y escrito por el propio Miyazaki. La protagonista, Mimiko, es una nena traviesa y pelirroja. Vaya uno a saber de dónde salió el pelo colorado.
Y la huella viajó todavía más lejos. Dieciséis años después del portazo de Lindgren, Miyazaki agarró esos paisajes de Visby que tenía archivados en la memoria y los usó como referencia visual para Nicky, la aprendiz de bruja (1989), su película sobre una pibita que sobrevuela el mar en pijama. O sea: una negativa sueca terminó alimentando uno de los films más bellos del catálogo Ghibli. Ponga ahí lo que quiera sobre el destino.
(Dato para el archivo, ya que estamos: rescato a Yasuo Otsuka, el productor que se la jugó por estos dos recién despedidos de Toei y les financió el capricho nórdico. Sin el tipo ese, capaz estemos todavía discutiendo si Myazaki –perdón, Miyazaki– escribió el guion o no.)
“La oportunidad de hacer algo significativo y no solo televisión.”Hayao Miyazaki, sobre el intento frustrado
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