El suicidio como primera causa de muerte entre los jóvenes argentinos: cómo leer las señales antes de que sea tarde
Las muertes autoinfligidas crecieron un 57,7% entre 2017 y 2025 y ya encabezan la mortalidad de los 15 a los 34 años. La psicóloga María Fernanda Azcoitía, directora del Centro de Asistencia al Suicida de Buenos Aires, explica que el proceso nunca es fulminante y que familiares, docentes y amigos pueden advertir indicios a tiempo si aprenden a observar los cambios respecto del comportamiento habitual de cada persona.
En la Argentina, 5.209 personas murieron por suicidio durante 2025, contra 3.304 que se habían registrado en 2017. El salto del 57,7% en apenas ocho años terminó de instalar a las muertes autoinfligidas en lo más alto de las estadísticas que más duelen: son la primera causa de fallecimiento entre los 15 y los 34 años, por encima incluso de los accidentes de tránsito. La tasa nacional pasó de 8,2 a 11,8 casos cada 100.000 habitantes, en línea con una tendencia global que la Organización Mundial de la Salud viene advirtiendo desde hace más de una década.
Una especialista que conoce el tema desde hace décadas
Para entender qué hay detrás de esos números y, sobre todo, qué puede hacer el entorno antes de que ocurra una tragedia, me senté a conversar largo y tendido con María Fernanda Azcoitía, psicóloga y directora del Centro de Asistencia al Suicida (CAS) de Buenos Aires. Azcoitía no esquiva las preguntas incómodas y arranca por una definición que considera indispensable: el suicidio siempre es multicausal, nunca hay una sola razón que lo explique.
“El suicidio siempre es multicausal, nunca hay una sola razón.”María Fernanda Azcoitía, psicóloga y directora del CAS
Factores psicológicos, relacionales, familiares y biológicos se entrelazan en cada caso. El deterioro económico, una ruptura amorosa o un conflicto escolar pueden formar parte del contexto, pero ninguno por sí solo alcanza para explicar una muerte. Esa mirada amplia, dice la especialista, es la única que permite entender por qué un joven que aparentemente no atravesaba nada grave puede terminar tomando una decisión irreversible.
Las señales que sí se pueden detectar
Sobre las señales que el entorno puede advertir, Azcoitía es muy clara: la clave no está en buscar una lista cerrada de síntomas, sino en comparar la conducta actual con el patrón habitual de cada persona. Un adolescente que siempre fue expansivo y de golpe se aísla, o uno que era inhibido y aparece con conductas disruptivas, merece atención. El aislamiento por sí solo no es un indicador definitivo; es la diferencia con el comportamiento previo lo que enciende las luces de alerta.
- Cambios notorios respecto del comportamiento habitual, tanto si el joven se aísla como si se vuelve disruptivo.
- Uso de redes sociales como único canal de comunicación, sin vínculos presenciales que lo contengan.
- Consumo problemático de sustancias o adicciones que se intensifican en períodos cortos.
- Trastornos de la alimentación o alteraciones del sueño que se vuelven persistentes.
- Situaciones de bullying, abusos o conflictos familiares que funcionan como detonantes.
- Expresiones de desesperanza, de sentirse una carga o de que los demás estarían mejor sin esa persona.
- Despedidas extrañas, regalar objetos queridos o dejar asuntos resueltos de manera repentina.
El peso del aislamiento pospandemia y el rol de los adultos
Azcoitía señala que el período de aislamiento social dejó una marca particular en quienes transitaban la escuela secundaria. Para algunos jóvenes con dificultades para vincularse, el regreso a la presencialidad implicó exponerse a exigencias sociales para las que no tenían recursos afectivos desarrollados. Entre los adultos jóvenes que viven solos, la detección suele recaer en compañeros de trabajo o amigos, muchas veces los únicos testigos de un sufrimiento que se esconde detrás de la rutina diaria.
Sobre las plataformas digitales, la psicóloga evita una condena general, pero advierte sobre su impacto cuando desplazan otros vínculos y cuando la persona que las usa ya es vulnerable. El proceso, subraya, nunca ocurre de un día para otro: hay un recorrido previo que suele dejar rastros, y la diferencia entre una tragedia y una vida salvada muchas veces pasa por un adulto dispuesto a preguntar, a escuchar sin juzgar y a acompañar la búsqueda de ayuda profesional.
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