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VIE, 28 AGO 2026
Vida

Cinco frentes para medir el envejecimiento: el indicador que quiere desterrar la mirada enfermedad por enfermedad

Investigadores de longevidad empujan un puntaje que combina cognición, movimiento, sentidos, ánimo y energía. La Organización Mundial de la Salud lo formalizó en 2015 y ahora se prueba en ensayos clínicos para ver si sirve como guía de tratamiento y hasta como criterio para aprobar fármacos contra el paso del tiempo.

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Mónica BaravalleSociedad y pueblos · 28 DE AGO DE 2026 · lectura 4 min

Cuando uno se imagina un control médico para personas mayores, piensa enseguida en el listado de dolencias que el clínico va tachando una por una: presión arterial, glucemia, colesterol, vista, audición. La lógica es sumar déficits y, cuando se acumulan, recién ahí empezar a ocuparse. Hay otra manera de mirar ese mismo cuerpo que envejece, y es exactamente al revés: en vez de esperar a que algo se rompa, medir lo que todavía funciona bien y llevar ese registro con el mismo rigor con el que se lleva un hemograma. Esa es, en criollo, la promesa de la llamada capacidad intrínseca, un indicador que la Organización Mundial de la Salud blanqueó en 2015 y que un puñado de grupos de investigación, sobre todo en Europa y en Estados Unidos, está empeñado en convertir en la próxima gran herramienta de la geriatría.

Cinco dimensiones que se miran a la vez

El puntaje se arma combinando cinco terrenos del funcionamiento humano. El primero es la cognición, es decir, la memoria, la atención y la velocidad para resolver problemas. El segundo es la locomoción, que en la jerga médica resume la fuerza y la movilidad: si uno puede levantarse de una silla sin ayuda, caminar unos metros a paso normal y mantener el equilibrio. El tercero es la capacidad sensorial, que pone en la misma bolsa visión y audición, porque perderlas suele ser el primer aviso de que algo se está desarmando en la cotidianidad. El cuarto es el bienestar psicológico, donde entra el ánimo, la presencia o no de síntomas depresivos y la sensación de tener proyectos. Y el quinto, bautizado vitalidad, agrupa la energía general del cuerpo y la tolerancia al esfuerzo físico, esa sensación cotidiana de poder subir dos pisos por escalera o cargar las bolsas del super sin quedarse en el camino.

  • Cognición, memoria, atención y velocidad para resolver problemas
  • Locomoción, fuerza y movilidad, levantarse, caminar y mantener el equilibrio
  • Capacidad sensorial, visión y audición en un mismo casillero
  • Bienestar psicológico, estado de ánimo y sensación de tener proyectos
  • Vitalidad, energía general y tolerancia al esfuerzo físico

Un examen que ya existe, pero por separado

Lo interesante de la movida es que no hace falta inventar pruebas nuevas. La velocidad con la que alguien camina diez metros, la fuerza del agarre de la mano medida con un dinamómetro y los tests de tamizaje de deterioro cognitivo son estudios que ya se piden en cualquier consultorio geriátrico serio. La novedad es juntarlos en un único índice y, sobre todo, repetirlos en el tiempo, porque la gracia del indicador no es la foto de un momento sino la película que se va armando con cada control. John Beard, profesor de envejecimiento productivo en la Escuela de Salud Pública Mailman de la Universidad de Columbia y uno de los cerebros detrás del concepto, lo resume con una frase que vale la pena repetir: incluso cuando las personas son bastante robustas y no tienen ninguna enfermedad, igual se pueden detectar cambios en su capacidad. Detectar a tiempo es la clave para mover la mira desde la enfermedad hacia la prevención, una idea que suena elemental pero que todavía no terminó de cuajar en las guardias ni en los consultorios.

“Incluso cuando las personas son bastante robustas y no tienen ninguna enfermedad, aún podemos detectar cambios en su capacidad.”John Beard, profesor de envejecimiento productivo en la Escuela de Salud Pública Mailman de la Universidad de Columbia

En Francia se está cocinando un ensayo clínico que sigue de cerca a adultos mayores durante varios años. Los participantes completan cuestionarios periódicos sobre su capacidad intrínseca y, cuando el puntaje cae por debajo de cierto umbral, reciben recomendaciones personalizadas y, si hace falta, son derivados a un médico o a un especialista en geriatría para estudios más finos. Los primeros resultados todavía no son concluyentes, pero la experiencia ya está dejando dos lecciones útiles: la primera es que la gente acepta sin chistar que le pregunten cómo se siente y no solo qué pastillas toma, y la segunda es que los propios médicos de cabecera empiezan a mirar el gráfico de capacidad como un aliado del clásico pedido de laboratorio.

En paralelo, la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados para la Salud de Estados Unidos, una dependencia oficial que suele financiar apuestas arriesgadas, puso plata sobre la mesa para probar que la capacidad intrínseca refleja de verdad cómo se siente y funciona una persona y que, además, se puede mejorar con cosas tan concretas como un plan de ejercicio adaptado o con fármacos que ya están en el mercado. Si esa idea prospera, no sería descabellado que en algunos años la Administración de Alimentos y Medicamentos de ese país empiece a usar el indicador como uno de los criterios para aprobar medicamentos dirigidos al envejecimiento, una categoría que hasta ahora ni siquiera existe como tal en los manuales regulatorios. Por ahora, lo que queda claro es que la conversación sobre cómo se envejece dejó de girar en torno a las enfermedades y empezó a girar, también, en torno a las funciones. Y eso, para millones de adultos mayores, puede cambiar la próxima visita al médico.

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Mónica BaravalleSociedad y pueblos

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