Cafeína en la mochila: la advertencia de los especialistas de Yale que golpea de lleno en la rutina de los adolescentes
Dificultades para dormir, temblores y nerviosismo pueden ser la punta del hilo para revisar cuánto café, mate, gaseosa o bebida energética consume un chico. Las recomendaciones de tres investigadoras de la universidad estadounidense que ponen el foco en horarios, pantallas y etiquetas poco sospechadas.
Me crucé con la advertencia mientras revisaba el correo de la mañana, justo cuando estaba por servirme la segunda taza. La nota me saltó desde Connecticut, firmada por un equipo de la Universidad de Yale, y a las dos páginas ya estaba anotando en un margen: tengo que hablar con los chicos esta noche, sin que suene a sermón, sobre la lata de gaseosa que aparece vacía en el escritorio y sobre los sobres saborizados que dejaron de ser una rareza y pasaron a formar parte de la merienda. Lo que cuentan las especialistas norteamericanas no es un invento alarmingista: es un mapa bastante concreto de lo que les pasa a los cuerpos todavía en formación cuando se cruzan con un estimulante que los adultos subestimamos.
La neumonóloga y especialista en sueño Sabhyata Agrawal, de Yale, lo dice sin rodeos: cuando un adolescente empieza a tener dificultades para conciliar el sueño, se muestra nervioso o le tiemblan las manos, conviene mirar primero cuánto café tomó. Esa tríada de señales, sumada a una caída en el rendimiento escolar, suele ser el primer indicio de que algo en el consumo se descontroló. Agrawal advierte que el cuadro se completa con palpitaciones, molestias digestivas, una inquietud que no para y, en los casos más sostenidos, ansiedad.
La cafeína no vive solo en la taza de café
Acá viene uno de los puntos que más me hizo pensar, porque uno tiende a medir el consumo por las tazas que vio pasar y nada más. La cafeína se esconde también en bebidas energéticas, en ciertas gaseosas, en el chocolate, en chicles y, sobre todo, en esos sobres saborizados que los chicos compran en el kiosco como si fueran golosinas. Grace Kong, profesora asociada de Psiquiatría en la misma universidad, explicó que los sabores dulces y frutales disimulan el amargor del extracto y hacen que los adolescentes se animen a probarlos sin sospechar lo que están metiendo adentro. Un solo de esos sobres, según detallaron, puede aportar entre 50 y 200 miligramos de cafeína, una cifra que ya entra en zona de cuidado.
- Bebidas energéticas: la fuente más concentrada y la que los especialistas piden directamente sacar del alcance de los menores.
- Gaseosas de cola y otras con cafeína agregada: suelen pasar desapercibidas porque se toman como algo de todos los días.
- Chocolate y derivados: la dosis es menor, pero suma cuando se repite durante la jornada.
- Chicles y sobres saborizados: la trampa más grande, porque no parecen lo que son y los chicos los elijen por el gusto, no por el efecto.
- Café, mate y té: los clásicos de la casa, que en un adolescente equivalen a una carga mucho mayor que en un adulto.
El horario en que se consume pesa tanto como la cantidad. Agrawal repasó los tiempos con una precisión que sirve para tener a mano: la cafeína empieza a hacer efecto entre 30 y 45 minutos después de ingerida, pero entre cinco y seis horas más tarde todavía queda en el organismo aproximadamente la mitad de lo que se tomó. Por eso, la recomendación concreta es evitar la cafeína después de las 13 o las 14, dependiendo de la hora en que cada chico se vaya a dormir. Si se toma a las cinco de la tarde, a la medianoche todavía está dando vueltas.
Hay un segundo fenómeno que potencia el problema y que no depende de la voluntad de nadie: durante la adolescencia el reloj biológico se corre de manera natural hacia horarios más tardíos, lo que vuelve más difícil dormirse temprano y, sobre todo, levantarse a la mañana. Si el chico llega cansado al colegio y la respuesta es un café a las ocho, el alivio momentáneo empuja la noche otra vez hacia adelante y al día siguiente el agotamiento vuelve peor. Es un loop que se retroalimenta y que las investigadoras de Yale describen con preocupación.
Lo que sirve para un adulto, no sirve para un menor
Jennifer Jiyun Park, investigadora del Departamento de Psiquiatría de Yale, fue la más tajante: la recomendación general es evitar la cafeína antes de los 18 años y, mientras tanto, sacar completamente las bebidas energéticas de la alimentación de niños y adolescentes. Agrawal completó el cuadro al recordar que los jóvenes pueden experimentar molestias con cantidades sensiblemente menores que las que un adulto tolera sin inmutarse, porque su metabolismo procesa el estimulante de otra manera y porque su sistema nervioso todavía está en pleno desarrollo.
Park también se detuvo en un costado que en las casas aparece más de lo que se admite: el consumo de cafeína durante las largas sesiones de videojuegos nocturnos. Puede ser un recurso para aguantar despierto, pero también una costumbre que se contagia entre jugadores y se naturaliza como parte de la noche. Encima, la luz de las pantallas reduce la producción de melatonina y termina de desordenar el reloj interno. La recomendación, entonces, no pasa solo por decirles que no beban café: pasa por revisar de conjunto las rutinas nocturnas, los horarios de pantallas y la cantidad de estimulante que entra en el cuerpo mientras el resto de la casa cree que el chico solo está jugando un rato más.
Vuelvo a la escena del principio, a mi segunda taza servida y a la nota con anotaciones al margen. Lo que se lleva Yale en la mochila de cualquier padre es bastante sencillo de traducir: mirar la lata que aparece vacía, leer la etiqueta del sobre saborizado, preguntar a qué hora fue la última bebida con cafeína y abrir una conversación sin alarma pero sin vueltas. Los especialistas norteamericanos no están pidiendo prohibir, están pidiendo prestar atención. A veces, una pequeña conversación a tiempo ahorra semanas de mal dormir, mal humor y notas que bajan sin explicación.
Comentarios
0Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Interior Cordobés