Una mano que calma: lo que la ciencia sabe sobre el contacto físico y las emociones
Tomar a alguien de la mano, abrazarlo o acariciarlo puede cambiar lo que siente en el cuerpo. La neurocientífica Paula Salamone explica cómo opera ese intercambio, qué tiene de distinto tocarse a uno mismo y por qué la cultura pesa a la hora de acercarse al otro.
Me crucé con la imagen de una nena de unos seis años que caminaba por la vereda con su abuela y, en un semáforo, le tomó la mano con fuerza. La mujer se agachó, le dijo algo al oído y la chica aflojó la cara, como si el miedo se le hubiera ido por la palma. Esa escena, tan chica y tan de todos los días, es exactamente el punto del que partió la conversación con Paula Salamone, doctora en Neurociencias Afectivas, investigadora del Conicet y docente en la Universidad Nacional de Córdoba, que desde hace años se dedica a estudiar qué pasa en el cerebro y en el cuerpo cuando alguien nos toca.
Salamone lo dice sin rodeos: cuando una persona tiene miedo o angustia, ofrecerle la mano o un abrazo no es sólo un gesto de buena voluntad. Hay algo más. "El contacto físico puede intervenir en la regulación emocional y en las respuestas fisiológicas al estrés", resume. En criollo: una caricia calma, y eso no es una frase hecha, es una hipótesis que su equipo y otros grupos en el mundo vienen investigando hace tiempo.
Por qué la piel sabe más de lo que parece
El truco, me explica Salamone, está en la piel. Ese órgano enorme que llevamos encima no sólo registra presión o temperatura: está conectado con el sistema nervioso y, a través de él, con el cerebro, la médula espinal y una cantidad de respuestas del cuerpo. Cuando alguien nos toca de manera amable -una caricia, un masaje, una mano sostenida-, se activan fibras nerviosas específicas que viajan hasta zonas del cerebro vinculadas con la emoción y la regulación del estrés. En ese camino, lo que empezó como un contacto en la piel termina modificando el ritmo cardíaco, la tensión muscular y hasta la liberación de ciertas sustancias químicas asociadas con la calma.
El caso de los chicos agarrándole la mano a un adulto es, según la investigadora, uno de los más estudiados. "En los niños, tomar la mano de un adulto de confianza se asocia con una reducción del miedo", afirma. No es magia ni consuelo abstracto: es una respuesta del organismo que se puede medir.
Tocarse a uno mismo no es lo mismo que ser tocado
Hay un detalle que me llamó la atención y que Salamone subraya con cuidado: no es lo mismo acariciarse el pelo que recibir una caricia de otro. El cerebro, me explica, distingue entre las acciones que uno mismo genera y los estímulos que llegan desde afuera. "Los movimientos autogenerados se atenúan a nivel cerebral", dice. Por eso tocarse la barba o pasarse la mano por el pelo pueden servir para calmarse, pero la respuesta es distinta a la que aparece cuando interviene otra persona.
Para entenderlo, la investigadora apela a las cosquillas, que son un ejemplo perfecto. Si uno intenta hacerse cosquillas a sí mismo, el cerebro ya anticipó el movimiento, predijo dónde, cuándo y cómo. Esa predicción reduce la sorpresa y la intensidad de la sensación. Cuando las cosquillas las hace otro, falta esa previsión, queda un componente de incertidumbre y la risa aparece con más fuerza. Además, aclara Salamone, las cosquillas forman parte del juego y del intercambio social: casi nunca tienen sentido en soledad.
La cultura marca la distancia
Me interesa algo que Salamone me cuenta de su propia experiencia y no de un paper. Cuando estuvo trabajando en Suecia, algo que le llamó la atención fue la distancia con la que se hablaba con los colegas. "Charlar a tres metros era habitual", dice, y lo dice como quien describe una rareza que la descolocó al principio. Esa distancia, me explica, no significa que los suecos sientan menos o sean más fríos: significa que su cultura marca otros márgenes para el espacio personal. Las diferencias en la cercanía física no hablan de emociones distintas, sino de modos distintos de expresarlas y de vincularse.
En Argentina, donde el contacto físico suele ser más cotidiano -besos, abrazos, palmadas en la espalda-, esas normas culturales son otras. Salamone integra además el equipo Tango-i Lab, donde investigan la relación entre el contacto y los síntomas de despersonalización, esa sensación de sentirse ajeno del propio cuerpo. El grupo también se pregunta si la falta de interacción física durante el aislamiento por la pandemia dejó huellas posteriores. "Es una pregunta de investigación", aclara, y la dice con la prudencia de quien sabe que todavía no hay respuestas cerradas.
Lo que queda después de la entrevista
Vuelvo a la imagen del principio, la nena en el semáforo. Después de hablar con Salamone, entiendo que esa mano que la chica tomó no fue un detalle menor: fue un modo concreto de regular lo que sentía. No todo contacto sirve ni cualquier caricia calma, pero la ciencia empieza a mostrar que el cuerpo, la piel y el otro están mucho más conectados de lo que solemos pensar. Como me dijo la investigadora, una mano o una caricia pueden formar parte del acompañamiento cotidiano. A veces, del más importante.
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