Un hijo, una madre, una silla y un VHS: el biodrama que duele sin hacer trampa
Patricio Abadi se sube al escenario sin personaje y sin red: cuenta la enfermedad y la muerte de su madre con humor, archivos familiares y una austeridad que se agradece. Los domingos en El Camarín de las Musas.
Acá va una verdad incómoda: la mayoría de los unipersonales autobiográficos suelen caer en dos lugares previsibles, el golpe bajo calculado o la sanación exprés con música emotiva al final. Patricio Abadi, que ya lleva más de cuarenta obras escritas y sabe perfectamente dónde están esas trampas, elige un tercer camino en Lenguajes del adiós: contar la muerte de su madre, profesora de letras, con la misma llaneza con la que uno ordena un café.
(Y aclaro: no es un personaje. Es él. Eso cambia todo.)
Una puesta que confía en la palabra
El escenario es deliberadamente pobre, en el mejor sentido de la palabra. Un escritorio chico, una silla, algunos objetos y una pantalla donde se proyectan registros en VHS filmados por el propio Abadi y su hermano en los últimos meses de vida de su madre. Esos videos caseros, sin retoque, son la columna vertebral del relato: no hay iluminación sofisticada ni edición pomposa que compita con lo que se está diciendo.
Ahí aparece una de las claves del espectáculo: la obra no le escapa al humor. En un tramo, Abadi recuerda el día que llevó su pieza Ya no pienso en el matambre ni le temo al vacío a un festival y la reacción de su madre en esa función. El contraste entre el dolor que viene y la risa inmediata funciona porque está contado con timing de comediante, no de terapeuta.
“El cáncer de páncreas está asociado a la falta de dulzura. Y yo pienso en mamá. En todas las caricias que le fueron sustraídas a mi mamá desde la infancia. No nacer del deseo sino de la atrocidad.”Susan Sontag, citada por Patricio Abadi en escena
Quién es el que no siempre se nombra
Si voy a recomendar esta nota con nombre y apellido, aprovecho para sacar del anonimato a alguien que vale la pena conocer: la propia madre de Abadi, profesora de letras, cuya presencia sobrevive en cada uno de los VHS que proyecta su hijo. No la vamos a ver actuar, pero la escuchamos hablar, la vemos leer, la vemos cansarse. Es la coprotagonista silenciosa de una obra que no podría existir sin ella.
- Domingos a las 18 en El Camarín de las Musas, Mario Bravo 960.
- Duración: 60 minutos, ideal para los que huyen de las funciones de tres horas.
- Estuvo en el Teatro Nacional Cervantes, dato que sirve de sello de calidad para los descreídos.
- Estreno local de un autor con más de cuarenta obras en su haber.
Hacia el final, aparecen imágenes del hijo pequeño de Abadi junto a su exesposa. Es el contrapunto que la propia obra pide: la vida sigue, los bucles se cierran, el escenario se vacía y uno se queda un rato largo sin levantarse de la butaca. Mi recomendación, sin vueltas: vayan. Y si fueron a ver teatro en los últimos meses, cuéntenme qué los dejó. Quiero sumar otros hallazgos a la lista.
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