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SÁB, 17 OCT 2026
Vida

Por qué el celular ocupa la cabeza incluso cuando queda en el bolsillo: lo que explican dos investigadores del CONICET

El neurocientífico Fabricio Ballarini y el lingüista Juan E. Bonnin describieron los mecanismos que mantienen a las personas pendientes del teléfono a lo largo del día, con un impacto especial en la atención y la memoria.

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Celeste BonettoEducación y universidades · · lectura 3 min
Por qué el celular ocupa la cabeza incluso cuando queda en el bolsillo: lo que explican dos investigadores del CONICET

La experiencia de creer que el teléfono vibró, mirarlo y comprobar que no entró ningún mensaje tiene una explicación precisa. Para el neurocientífico Fabricio Ballarini y el lingüista Juan E. Bonnin, ambos investigadores del CONICET, la expectativa de recibir avisos vuelve permeable la atención: un roce con la ropa o un ruido cercano puede ser leído como una señal del aparato, aun cuando no lo sea. Esa sensibilidad forma parte del fenómeno que los autores desarrollan en su libro (Des)Conectados, una obra que permite revisar los hábitos digitales de la vida familiar a partir de una pregunta directa: cuánto lugar ocupa el teléfono en la atención cotidiana, incluso cuando queda a un lado.

FOMO: el miedo a quedar afuera

Una de las claves del planteo es el miedo a perderse algo, conocido como FOMO por su sigla en inglés. Ballarini y Bonnin explican que, en el caso de los adolescentes, perder el acceso a las conversaciones digitales puede percibirse como una forma de exclusión del grupo de pares. La preocupación no se limita a las actividades en curso: también se extiende a los intercambios que se desarrollan en simultáneo y a los que, por estar lejos de la pantalla, ya no se pueden integrar. Esa inquietud se traduce, además, en un costo cognitivo concreto: según los autores, estar pendiente de las novedades digitales reduce los recursos disponibles para concentrarse en lo que ocurre en el entorno, y un mayor miedo a quedar afuera se asocia con un rendimiento más bajo de la memoria y la atención sostenida.

“Para los adolescentes, perder el acceso a las conversaciones digitales puede sentirse como una exclusión de su grupo, y eso impacta de manera directa en los recursos de atención y memoria.”Fabricio Ballarini y Juan E. Bonnin, investigadores del CONICET

Qué cambia en la mesa familiar

  • Advertir la preocupación por perderse algo, más allá de cuántas veces se desbloquea la pantalla.
  • Distinguir las notificaciones reales de las llamadas notificaciones fantasma, donde la espera se sostiene sin aviso concreto.
  • Reconocer que dejar el dispositivo puede vivirse como ausentarse de un espacio de encuentro, y no solo como guardar una herramienta.
  • Habitar los tiempos de espera sin traducirlos automáticamente en una consulta al teléfono.
  • Revisar con los más chicos qué los atrae de las conversaciones digitales para conversar desde sus intereses, no desde la queja.

Los autores ubican estos hábitos en un cambio más amplio: las pantallas alojan conversaciones, vínculos y actividades que ya forman parte de la vida diaria. Dejar el aparato, por eso, no siempre se vive como guardar una herramienta: puede sentirse como abandonar, por un rato, un espacio de encuentro. La propuesta de Ballarini y Bonnin apunta a recuperar el valor del conocimiento y de la memoria, y a evitar que los dispositivos concentren todo el esfuerzo de pensar. En el plano familiar, el ejercicio es concreto: revisar cómo se distribuyen la atención y las conversaciones en la mesa, en el viaje en colectivo o antes de dormir, y volver a poner esos momentos en el centro de la rutina, sin que el celular dicte el ritmo.

CB
Celeste BonettoEducación y universidades

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