La nutricionista del alma: por qué una psicóloga inglesa pide mirar el plato antes de recetar
Kimberley Wilson sostiene que la fatiga, la apatía y el bajo ánimo pueden esconder carencias de vitaminas y minerales, y propone sumarlas a la historia clínica. Un recorrido por su mirada, que integra comida, descanso, movimiento y terapia.
A veces la consulta al psicólogo empieza con una frase que ya viene gastada de tanto repetirse en la cabeza del paciente: «Estoy cansada, no me puedo concentrar, no tengo ganas de nada». Y a veces, cuenta la psicóloga Kimberley Wilson, esa misma frase se termina destrabando no en el diván sino en la cocina, cuando se indaga qué se comió —o qué no se comió— en los últimos meses. Esa es, en pocas palabras, la propuesta que la especialista británica viene difundiendo y que vuelve a poner sobre la mesa la relación entre lo que se lleva al plato y el estado de ánimo.
Wilson, que se formó en el Reino Unido y trabajó varios años en la prisión de mujeres de Holloway, en Londres, no está inventando una moda. Lo que plantea es más modesto y a la vez más revolucionario: que la evaluación de la salud mental incluya, como una pregunta más, qué se come, cómo se duerme y cuánto se mueve una persona. No para reemplazar a la psicoterapia ni a la medicación, aclara, sino para completar el cuadro.
Vitaminas, minerales y cerebro
Entre los nutrientes que la especialista menciona como relevantes para el funcionamiento cerebral están las vitaminas B3 y B12, el zinc, el selenio y los omega-3. Wilson aclara, eso sí, que una carencia no explica por sí sola un trastorno mental, aunque sí puede agravar el cansancio, la irritabilidad o el bajo estado de ánimo. Por eso sugiere investigar posibles déficits cuando los síntomas se vuelven persistentes.
- Pescados azules como sardina, salmón y caballa, fuente principal de omega-3, al menos una vez por semana.
- Vitamina B12 y zinc, presentes en carnes, huevos y legumbres, clave para energía y sistema nervioso.
- Selenio, que se obtiene de frutos secos y cereales integrales.
- Para dietas vegetarianas o veganas, consulta con un profesional sobre suplementación.
Una historia detrás de la idea
La propia Wilson cuenta que su interés por este cruce se afianzó en Holloway, donde atendió a mujeres con fuertes dificultades para regular sus emociones. Con el tiempo, empezó a notar que muchas de esas pacientes compartían carencias nutricionales que no estaban siendo tenadas en cuenta en los tratamientos. También cita ensayos clínicos realizados en cárceles que asociaron la administración de ciertos micronutrientes con una baja de los episodios de violencia. «Eso no quiere decir que la dieta explique toda la conducta de una persona —advierte—, pero sí que puede ser una pieza del rompecabezas que muchas veces se deja afuera».
La revisión que propone la psicóloga inglesa va más allá de la comida. Incluye preguntas sobre el sueño, el sedentarismo, el consumo de sustancias, los conflictos personales y el estrés laboral. Cada uno de esos factores, dice, puede estar empujando en la misma dirección que una alimentación pobre en nutrientes, y por eso conviene mirarlos en conjunto antes de decidir si hace falta terapia, medicación o un cambio de hábitos. Que los efectos, eso sí, no se ven de un día para el otro: según Wilson, los cambios en la alimentación y el descanso pueden tardar meses en percibirse, y la paciencia, en estos casos, es parte del tratamiento.
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