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SÁB, 17 OCT 2026
Vida

La infancia que pide socorro en silencio: cuando los síntomas desbordan y la red de cuidados se queda corta

Chicos que no duermen, que se lastiman, que cargan violencias durante años sin encontrar a nadie que los escuche. Especialistas y organizaciones describen un cuadro cada vez más visible en aulas y guardias, con servicios saturados y una respuesta fragmentada que deja a muchos pibes sin acompañamiento.

MB
Mónica BaravalleSociedad y pueblos · · lectura 5 min
La infancia que pide socorro en silencio: cuando los síntomas desbordan y la red de cuidados se queda corta

La escena se repite y, cada vez con más frecuencia, la veo con mis propios ojos al recorrer pueblos del interior y barrios del conurbano donde la salud mental infantil dejó hace rato de ser un tema de especialistas para convertirse en una urgencia que toca la puerta de escuelas, salas de primeros auxilios y consultorios desbordados. La semana pasada, mientras esperaba en la guardia de un hospital público a una fuente con la que tenía cita, una chica de unos trece años, petisa, con el uniforme del colegio arrugado, le dijo al médico que no quería volver a su casa. Después se quedó callada, mirando un punto fijo en la pared, como si hubiera decidido que ya estaba dicho todo. No fue un caso aislado. Es, justamente, la postal que empieza a ser demasiado habitual en la Argentina.

Síntomas que se multiplican, profesionales que no alcanzan

Lo que llegan a las consultas los profesionales lo describen casi como un catálogo de sofrimento: chicos que dejaron de dormir o que se duermen rendidos de puro agotamiento, otros que comen de manera compulsiva o que directamente dejaron de probar bocado, pibes que se aíslan en sus habitaciones, que se lastiman los brazos o las piernas, que dicen, con una crudeza que desarma, que no quieren seguir viviendo. Detrás de cada uno de esos síntomas aparece, tarde o temprano, una historia que en muchos casos lleva años guardada porque nunca encontró a alguien dispuesto a escucharla.

La violencia ocupa un lugar central en ese rompecabezas. Las estimaciones de Unicef indican que una de cada ocho niñas y mujeres argentinas sufrió una violación o una agresión sexual antes de cumplir los dieciocho años; entre los varones, la proporción es de uno de cada once. Buena parte de esas experiencias permanece silenciada, porque no hubo un adulto, un docente, un médico ni un referente que preguntara a tiempo. Y a eso se suman maltratos cotidianos, negligencia, humillaciones en el ámbito familiar o en el barrio, situaciones que pocas veces quedan asentadas en un expediente pero que van dejando huellas profundas en la subjetividad de los pibes.

  • Problemas de sueño, de alimentación y de aprendizaje cada vez más frecuentes en chicos cada vez más chicos.
  • Marcas de autolesiones e ideas de muerte que aparecen en la escuela, en la guardia o en el consultorio, muchas veces como primera señal visible de un cuadro que lleva tiempo gestándose.
  • Violencias sexuales, maltratos y negligencia que permanecen silenciadas durante años por falta de un interlocutor adulto.
  • Exposición a pantallas, apuestas y contenidos riesgosos como refugio ante soledades que no encuentran otro destino.
  • Servicios de salud mental infantil saturados, con pocos profesionales y listas de espera que transforman una señal temprana en una urgencia.

Pantallas, apuestas y aprendizaje en alerta

El mundo digital agregó una capa nueva al padecimiento. Chicos y adolescentes quedan expuestos con una facilidad pasmosa a contenidos sexuales no deseados, a publicidades de apuestas y a materiales que banalizan conductas de riesgo. Según datos de Unicef, uno de cada cuatro adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez, algo que hasta hace poco sonaba ajeno a la infancia y que hoy se cruza con el juego online y con las publicidades que aparecen en las plataformas más usadas por los pibes. Para muchos de ellos, el uso intensivo de pantallas no es un capricho ni un pasatiempo: en no pocos casos funciona como refugio frente a soledades que no tienen otro lugar donde aterrizar.

A ese cuadro se suman los resultados de las pruebas Pisa 2025, que pintan un escenario escolar muy preocupante: casi ocho de cada diez estudiantes argentinos de quince años no alcanzan el nivel básico en Matemática, y alrededor de seis de cada diez tampoco lo logran en Lectura ni en Ciencias. Aprender exige atención sostenida, confianza en uno mismo y tolerancia a la frustración, tres recursos que se agotan rápido cuando la energía psíquica de un pibe está puesta en sobrevivir al hambre, a la violencia o al abandono. La escuela termina recibiendo problemas que vienen de lejos y para los que, en general, no fue preparada.

Cuando la ayuda llega tarde y fragmentada

Cuando una familia finalmente advierte que algo está mal y se anima a pedir ayuda, puede toparse con un muro: servicios saturados, falta de profesionales especializados en niños y adolescentes, turnos que se otorgan para dentro de meses. Mientras tanto, lo que era una señal temprana se transformó en una urgencia. Y lo que es peor: la atención suele llegar fragmentada, repartida entre distintos ministerios y sistemas que casi no se hablan entre sí. La escuela recibe el problema de conducta, el hospital recibe el síntoma, la justicia recibe la infracción. En el medio, el chico puede quedar perdido como persona dentro de un circuito de informes e intervenciones que no siempre lo miran a los ojos.

Por eso me parece importante volver a la escena de la guardia del otro día. La chica del uniforme arrugado se llamaba Camila, tenía trece años y me contó después, mientras esperaba que le dieran un turno con salud mental, que hacía más de un año que venía contando lo que le pasaba en la escuela y en su casa, y que recién esa tarde alguien le había creído. Quiero pensar que esa fila en la que la vi, rodeada de papeles y de profesionales que apenas tenían tiempo para levantar la vista, no es el final de su historia sino el comienzo de otra. Pero para que eso deje de ser una excepción y se vuelva una regla, hace falta mucho más que voluntad individual: hacen falta equipos completos, presupuestos sostenidos y una decisión política que tome la salud mental infantil como lo que es, una prioridad urgente que ya no puede seguir esperando detrás de la puerta.

MB
Mónica BaravalleSociedad y pueblos

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