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VIE, 16 OCT 2026
Entretenimiento

Jaime Lorente se sienta detrás de la cámara y termina cayéndose del caballo

El actor español debuta como director con El mal hijo, un filme que arranca en la infancia de un chico abandonado en Murcia y se gana la simpatía del espectador, hasta que pega un salto al thriller de mafias y pierde la gracia.

AP
Ana Paula GribaudoCultura y espectáculos · · lectura 2 min
Jaime Lorente se sienta detrás de la cámara y termina cayéndose del caballo

Hay algo enternecedor en ver a un actor conocido animarse a dirigir. También hay algo inevitable: las expectativas se disparan y la decepción acecha. Jaime Lorente, el chico de Élite y de La casa de papel, se mandó a hacer una película, le puso El mal hijo y casi le sale bien. Casi.

El arranque es lo mejor que tiene. Un nene abandonado por el padre termina criando con la abuela en un barrio de Murcia, y ese vínculo se filma con la naturalidad justa. Hay una ceremonia vista por una puerta entreabierta y una conversación de chicos al atardecer que parecen robadas a la vida misma. Esas escenas valen la entrada y uno piensa: acá hay un director.

El salto temporal que rompe el encanto

El problema llega cuando Rubén crece. La historia pega un salto a la adultez y se zambulle en un mundo de narcotráfico, persecuciones y mafiosos de manual. El tono cambia tanto que parece otra película. La calidez del primer tramo se evapora y lo que queda son lugares comunes del noir que ya vimos mil veces, y mil veces mejor.

  • El primer tramo: infancia, vínculos familiares y una mirada propia que invita a seguir.
  • El segundo tramo: thriller genérico con persecuciones y mafias que no sorprenden.
  • La dirección: aciertos en la composición de planos, tropiezos en las escenas de acción.
  • Los secundarios: quedan como figuras de relleno, sin el espesor que la historia pedía.

Entre los actores secundarios hay uno que se merece una mención aparte: Pedro Casablanc, que compone al padre ausente con una mezcla de fastidio y fragilidad que le roba escenas a todos. Es de esos trabajos silenciosos que no van a ganar premios pero que sostienen el relato cuando este se inclina hacia el lugar común.

¿Fracaso? No. Lorente deja ver una mirada propia y un criterio para elegir planos. Pero entre lo que prometía la primera media hora y lo que termina entregando el filme hay una distancia considerable, del tamaño de un guion que no supo decidir qué quería contar. La próxima, con más personalidad y menos género ajeno.

AP
Ana Paula GribaudoCultura y espectáculos

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