El Sherlock Holmes de perros, vapor y un Miyazaki en fuga
Una serie animada de los ochenta que mezcló a Conan Doyle con steampunk, nació como coproducción entre Japón e Italia y tuvo al maestro de Studio Ghibli como uno de sus mentores hasta que se aburrió (y se fue a hacer Nausicaa).
Acá estoy, investigando para ustedes como buen Holmes, y me topo con que el detective más famoso de la literatura inglesa, en los ochentas, fue un perro. Bueno, antropomorfo, si queremos ser precisos (spoiler: no queremos, pero el rigor manda). Les cuento: existe una serie animada de Sherlock Holmes de 26 capítulos que casi nadie tiene en el radar y que tiene detrás una historia de producción bastante más jugosa que cualquier misterio que el bueno de Holmes haya resuelto.
Japón, Italia y un detective muy peludo
Estrenada en 1984, la serie fue una coproducción entre el estudio japonés TMS y la italiana RAI. Sí, leyeron bien: una coproducción italo-japonesa de Sherlock Holmes. En los ochenta eso sonaba exótico; hoy suena a disparate, pero el resultado fue sorprendentemente simpático. Los personajes son, en su mayoría, perros con cuerpos y modales de humanos, una decisión estética que apunta al público infantil aunque, ojo, la idea original de Miyazaki apuntaba a algo bastante más adulto. Imaginen eso: un Sherlock Holmes perruno y oscuro. Qué placer perdido.
Miyazaki se subió al proyecto y se bajó a los seis capítulos
Hayao Miyazaki empujó la idea junto a Kyosuke Mikuriya, pero terminó dirigiendo apenas seis de los 26 episodios. ¿Por qué? Porque tenía que atender otros asuntos: se fue a trabajar en Nausicaa del Valle del Viento. Lo que en cualquier otro currículum sería una deserción vergonzosa, acá es la explicación de por qué su nombre aparece pegado a la serie sin haber estado al frente del barco entero. Pasa en las mejores familias, y más cuando del otro lado te espera una película que cambió la animación japonesa.
Investigación, aventuras y vapor a presión
¿Y qué se ve en esta serie? Mezcla rara y deliciosa: los casos inspirados en Arthur Conan Doyle conviven con avionetas, carreras de autos y toda clase de máquinas a vapor. La estética steampunk se mete en el mundo del detective y le suma aventura, acción y un toque de ciencia ficción que el original literario ni soñaba. Es Conan Doyle condimentado con Julio Verne, servido en bandeja para chicos pero perfectamente digerible para adultos con algo de nostalgia ochentosa.
Miyazaki y los clásicos occidentales, una relación larga
No fue la primera vez que Miyazaki se acercó a una obra europea. Antes de esta Sherlock Holmes ya había dirigido adaptaciones como Heidi, El perro de Flandes, Marco y Ana de las Tejas Verdes dentro del World Masterpiece Theatre. También se había medido con Lupin III, al lado de Isao Takahata, y por su cuenta había hecho Conan, el niño del futuro y El castillo de Cagliostro. O sea: para cuando llegó Holmes, ya tenía callo en eso de reinterpretar material ajeno con sello propio.
El rescate obligado
De todos los nombres que orbitan esta producción hay uno que me intriga especialmente: Kyosuke Mikuriya. Es el gran olvidado de la nota, el que empujó el proyecto junto a Miyazaki y, sin embargo, nunca aparece en los créditos mentales del público. Mikuriya fue un histórico de TMS, series como Lupin III y quedó asociado a varias producciones clave del estudio en los setenta y ochenta. Si les interesa la historia real de la animación japonesa más allá de los nombres de siempre, búsquenlo. Vale la pena.
Mi recomendación, sin vueltas: busquen esta serie, aunque sea por curiosidad arqueológica. Vean un par de capítulos para entender qué hizo Miyazaki antes de volverse Miyazaki, y para descubrir una versión de Holmes ladrador que, contra toda lógica, funciona. Después me cuentan, que a mí ya me ganó el streaming y la siesta de las cuatro de la tarde.
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