El monumento que se empecinó en ser arco triunfal, aunque nadie lo planeó así
Un palacio legislativo que se quedó a medio camino, un arquitecto que lo rescató del olvido y un mirador a casi 66 metros de altura sobre el corazón de Ciudad de México. Historia, mausoleo y vistas 360 en un mismo edificio.
A veces las cosas terminan siendo lo que nunca se propuso que fueran. El Monumento a la Revolución de Ciudad de México es uno de esos casos: nació para ser un palacio legislativo, se quedó en el esqueleto durante dos décadas y, cuando por fin le dieron forma, se convirtió en el arco triunfal más alto del mundo. Sí, más alto que el de París. Mide 67 metros y se alza en la Plaza de la República, a metros del Paseo de la Reforma, en la alcaldía Cuauhtémoc. Quien pase por ahí y mire hacia arriba difícilmente imagine el Viaje que hubo detrás.
De palacio inconcluso a monumento Art Déco
La primera piedra se colocó en septiembre de 1910, apenas unos meses antes de que estallara la Revolución Mexicana. Las obras del Palacio Legislativo Federal quedaron suspendidas en 1912: los recursos se desviaron a la guerra y la estructura de metal y concreto se quedó varada en el centro de la ciudad, como un Monumento a la improvisación. Recién entre 1933 y 1938 el arquitecto Carlos Obregón Santacilia le dio vuelta la historia: conservó la cúpula y los cuatro pilares originales, les sumó una estética Art Déco y les agregó grupos escultóricos en cada columna, obra de Oliverio Martínez, que representan la Independencia, las Leyes de Reforma, las Leyes Agrarias y las Leyes Obreras.
- 67 metros de altura, récord entre los arcos triunfales del mundo.
- Mirador con vista 360 grados a 65,7 metros, accesible por elevador panorámico.
- Museo Nacional de la Revolución en planta baja, con ocho salas permanentes y una temporal.
- Recorrido subterráneo hasta la cimentación original del palacio que nunca fue.
- Mausoleo con los restos de Carranza, Madero, Calles, Villa y Cárdenas.
- Acceso directo desde la estación Revolución del Metro.
Un recorrido por capas (que conviene hacer con tiempo)
Lo interesante de este lugar es que se visita por capas, como una torta milenaria. Abajo funciona el Museo Nacional de la Revolución, inaugurado en 1986, con documentos, fotografías, banderas e insignias del período 1857-1920. Desde ahí se puede bajar todavía más, hasta los sectores donde estuvo la cimentación del palacio frustrado, y después subir en elevador hasta el mirador, que deja la capital entera a los pies. No es una visita de quince minutos: hay para entretenerse un buen rato, sobre todo si a uno le interesa esa etapa de México que acá, del otro lado del Río de la Plata, solemos conocer bastante menos de lo que deberíamos.
(Aclaración al margen: si vas, tomate medio día. El que entra con la idea de sacarse una foto y salir termina volviendo a la semana siguiente, palabra.)
El artista que rescato hoy
De toda la larga lista de nombres propios que orbitan este monumento, hay uno que me parece justo poner en valor: Oliverio Martínez, el escultor de los cuatro relieves monumentales de los pilares. Su trabajo suele quedar eclipsado por la enormidad del edificio, pero son sus figuras las que le dan el sentido histórico al lugar, las que cuentan qué se está conmemorando exactamente. Vale la pena detenerse en cada una, mirarlas de cerca antes de subir al mirador.
La dirección concreta es Plaza de la República s/n, alcaldía Cuauhtémoc, con bajada directa desde la estación Revolución del Metro. Si andás por la CDMX y todavía no lo conocés, anotalo: es de esos lugares que están ahí, a la vista de todos, y uno igual termina postergando. Yo recomiendo ir con tiempo, hambre de historia y cero apuro. Después me contás.
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