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SÁB, 17 OCT 2026
Vida

El eslabón que sostiene a todos y que cuando se jubila queda solo: cuando cumplir 60 se vuelve una trampa silenciosa

La psicología clínica advierte sobre un perfil paradójico: personas competentes, queridas y socialmente activas que, al llegar a la madurez, descubren que la mayoría de sus vínculos dependían de lo que ellas podían dar y no de lo que recibían. Expertos y vecinos coinciden en que reconocer el patrón a tiempo es la mitad del camino.

MB
Mónica BaravalleSociedad y pueblos · · lectura 5 min
El eslabón que sostiene a todos y que cuando se jubila queda solo: cuando cumplir 60 se vuelve una trampa silenciosa

Lo conocí una tarde de septiembre, en la puerta de un club de barrio del conurbano bonaerense, mientras esperaba a una fuente para esta nota. Me crucé con Marta, una mujer de 62 años que acababa de dejar su puesto como directora de recursos humanos en una pyme textil de Avellaneda y, por primera vez en su vida adulta, se sentía sola. No tenía un solo enemigo. Tampoco un amigo a quien llamar un domingo a las tres de la tarde para decirle que estaba llorando. Su mundo, me dijo mirándome a los ojos, se había construido alrededor de resolver. Hoy, sin el trabajo que la hacía útil, la agenda se le había vaciado y el teléfono sonaba cada vez menos.

Viajé hasta el pueblo de San Antonio de Areco para entender mejor qué estaba pasando con personas como Marta. Lo que escuché en las mesas de los cafés céntricos y en los pasillos del centro de jubilados local fue, palabra más, palabra menos, lo mismo que me había contado ella: hay gente que dedicó cuarenta años a sostener a sus familias, a mediar en los conflictos de los demás, a ser la primera en llegar cuando alguien se enfermaba y la última en irse cuando había que apagar las velas de un cumpleaños. Y que, llegada la madurez, se topa con la paradoja más injusta del tramo final de la vida: está rodeada de conocidos y carece de un círculo íntimo de apoyo.

El perfil que la psicología clínica empezó a dibujar

Los especialistas llevan años trabajando con este fenómeno y lo describen con una expresión clínica que en los últimos tiempos se empezó a repetir en consultorios y congresos: cuidado compulsivo. La idea es directa y, si uno la piensa un segundo, quizá demasiado familiar. Se trata de personas que edificaron su identidad entera alrededor de la fortaleza y la disponibilidad permanente. Escuchan, aconsejan, contienen y gestionan crisis ajenas con una pericia admirable. Lo que no suele ocurrir es el camino inverso: que los demás se detengan a preguntarles cómo están ellas. Con el paso de los años, el entorno aprende a verlas como un servicio, no como alguien con necesidades propias. Es lo que me dijo, en el café de la plaza principal, Rubén, un jubilado docente de 58 años: Acá todos te llaman para que les arregles el tema del alquiler, la cobertura médica, el trámite en la municipalidad. El día que dejás de tener el contacto en el banco, el teléfono deja de sonar. Y no es maldad. Es costumbre.

La psicóloga clínica Mariana Luján, que atiende en consultorios de San Isidro y de Morón, lo explica con una metáfora que repite ante sus pacientes: la persona que cuida de manera compulsiva termina siendo un enchufe al que todos se conectan para cargar sus baterías, pero nadie se ocupa nunca de enchufarlo. El mecanismo se vuelve brutalmente visible cuando cambian las circunstancias. Una salida del mercado laboral, una viudez, un hijo que se muda al exterior o cualquier crisis propia expone, sin anestesia, que muchos de esos vínculos dependían de la utilidad funcional que la persona ofrecía: el acceso a una experiencia, a un contacto, a una capacidad de gestión. Cuando esa utilidad se apaga, la red social se afina hasta volverse casi transparente.

Por qué cuesta tanto pedir ayuda

Hay un segundo obstáculo que los terapeutas identifican como el verdadero punto de inflexión: la enorme dificultad para pedir auxilio. Quienes ejercieron durante décadas el papel de cuidadores asocian la solicitud de ayuda con una amenaza directa a su propia autoestima. Mostrar vulnerabilidad les resulta incómodo porque entra en abierta contradicción con la imagen sólida que edificaron durante años. Esa incomodidad los empuja a atravesar sus propias crisis en silencio, aunque tengan gente alrededor. Es el caso de Marta. Es el caso de tantos otros.

Investigaciones sobre dinámica de grupos humanos, entre ellas las que durante años llevó adelante el equipo del Massachusetts Institute of Technology, confirman que los lazos construidos casi exclusivamente sobre la función tienden a colapsar cuando el contexto cambia. La reciprocidad, en cambio, genera vínculos que sobreviven a jubilaciones, mudanzas y duelos. Lo dijo, en un almuerzo compartido en casa de su hija, doña Esther, una vecina de 67 años de la localidad de Carlos Casares, con la sabiduría que dan las cinco décadas criando sola a cuatro hijos y enterrando a un marido: Yo aprendí, tarde y a los golpes, que no alcanza con dar. Hay que enseñar a los otros a darte. Y eso, querida, se les enseña dejándose querer.

La salida que propone la psicología no es dejar de cuidar a los demás, sino habilitar la reciprocidad. Los especialistas consultados coinciden en dos movimientos concretos, que vale la pena subrayar porque suelen resistirse en la práctica cotidiana. En primer lugar, comunicar las propias necesidades sin esperar que el entorno las adivine, asumiendo que la vulnerabilidad no es debilidad sino información útil para el otro. En segundo lugar, revisar con honesty brutal qué vínculos se sostienen únicamente por la utilidad que uno aporta y cuáles resisten un domingo sin motivo. Cuanto antes se trabaje sobre ese patrón, mayor es el margen para construir relaciones de intercambio genuino antes de que la red social se reorganice en torno a la jubilación, a una mudanza o a cualquier otro cambio de etapa.

  • Reconocer el propio patrón a tiempo, antes de que un cambio de vida lo exponga en público.
  • Animarse a pedir ayuda concreta, por más incómoda que parezca la frase inicial.
  • Separá mentalmente los vínculos funcionales de los afectivos y revisar cuáles sobreviven sin la utilidad que uno aporta.
  • Construir espacios de reciprocidad: un café, una llamada, un servicio mutuo que no dependa del rol jerárquico.
  • Buscar acompañamiento profesional si la soledad se vuelve persistente, sin asociar el pedido con debilidad.

Antes de irme de San Antonio de Areco, volví a pasar por la puerta del club donde me crucé con Marta. Esta vez no estaba. Le mandé un mensaje para contarle que su historia había despertado eco en varias mesas de pueblo de la provincia de Buenos Aires. Me respondió, casi en el acto, una frase que me hizo pensar que la nota estaba encontrando, otra vez, a una de sus protagonistas: Hoy entendí que ser fuerte también es decir necesito. Y que eso se aprende. Ojalá no demasiado tarde. Esa, y no otra, es la posta que nos deja este tema incómodo y, al mismo tiempo, profundamente humano.

MB
Mónica BaravalleSociedad y pueblos

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