El cardiólogo que pone el ojo en cinco señales del corazón que la gente suele pasar por alto
Un especialista de Cleveland Clinic repasó los síntomas que merecen consulta inmediata y explicó por qué los antecedentes familiares pueden ser decisivos, incluso cuando uno se siente bien.
A veces uno se cruza con la información justo cuando más la necesita, y otras veces llega tarde, cuando el cuerpo ya había mandado señales que nadie supo leer. Esta vez la advertencia llegó de la mano de Ben Alencherry, cardiólogo de la Cleveland Clinic, que se tomó el trabajo de repasar una por una esas molestias que parecen menores pero que, puestas en fila, dibujan un mapa de riesgo al que conviene no sacarse entretenido. Lo dijo con una claridad que a los cuarenta, cincuenta o sesenta años se agradece: cuando algo cambia sin explicación, algo está pasando.
Las señales que no admiten espera
Para Alencherry hay dos situaciones que requieren consulta médica inmediata y sin rodeos. Una es el dolor de pecho sin causa conocida, esa molestia que aparece sin que uno haya hecho un esfuerzo ni recibido un golpe y que tampoco se explica por una contractura, por gases ni por una mala noche. La otra es el desmayo, sobre todo cuando aparece asociado al ejercicio, mientras uno está entrenando o poco después de terminar. Frente a un episodio así, la recomendación es suspender la actividad física hasta conocer qué lo provocó. Suena exagerado, pero no lo es: un desmayo durante el esfuerzo puede ser la única advertencia seria que el cuerpo manda antes de un episodio sério.
Ahora bien, el especialista fue claro en que ningún síntoma por sí solo alcanza para diagnosticar nada. El dolor en el pecho, por ejemplo, puede tener detrás un infarto, una inflamación del pericardio o una miocardiopatía hipertrófica, una enfermedad que puede permanecer inadvertida durante años y que consiste básicamente en un engrosamiento del músculo del corazón. La diferencia la hacen los estudios, la historia clínica y, muy especialmente, los antecedentes familiares.
Lo que aparece en la vida cotidiana
- Falta de aire para actividades que antes se hacían sin problema, como caminar, subir una escalera o hacer las compras, sobre todo cuando el cambio es inesperado o sostenido en el tiempo.
- Cansancio persistente que se combina con dificultad para respirar y que se diferencia del agotamiento pasajero que cualquiera puede tener tras una semana dura.
- Palpitaciones: sentir el corazón acelerado, con golpes intensos en el pecho o con un ritmo desparejo e irregular, en especial cuando obligan a frenar lo que uno está haciendo.
- Sensación de desvanecimiento, con debilidad, náuseas, sudoración fría o alteraciones visuales, que Alencherry vinculó, cuando aparece con el esfuerzo, con la variante obstructiva de la enfermedad, en la que el músculo engrosado dificulta que la sangre salga del corazón.
- Antecedentes familiares de miocardiopatía hipertrófica, una pista clave porque la enfermedad suele repetirse dentro de una misma familia y puede detectarse incluso en personas que no sienten ninguna molestia, algo que ocurre en algunos casos con la forma no obstructiva.
Lo que más me quedó dando vueltas al terminar de leer al cardiólogo fue esa idea tan simple como incómoda: no hace falta sentirse mal para tener algo importante. La miocardiopatía hipertrófica puede esconderse durante años y recién dar la cara cuando el cuerpo ya no da más. Saber que en la familia hubo casos, contárselo al médico de cabecera y pedir los estudios correspondientes puede ser la diferencia entre un susto y un diagnóstico a tiempo. A los cuarenta, a los cincuenta, a los sesenta, no es paranoia: es cuidarse.
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