Digger: el show del fin del mundo, con Tom Cruise haciendo de actor y nosotros haciendo de público
Iñárritu mezcla crisis climática, capitalismo y teatro en una misma obra. El magnate es mentira, las mascarillas no, y el escenario termina pareciéndose demasiado a la calle. Acá lo que hay que saber antes de que alguien arruine el final.
Hay una idea que a Iñárritu le viene dando vueltas hace rato y que, por fin, parece haber encontrado su forma definitiva: que el mundo es una mentira convenientemente financiada. En Digger, su película nueva, esa intuición se materializa en algo muy concreto: una obra de teatro. Y en el centro del escenario, como no podía ser de otra manera, está Tom Cruise haciendo de actor que hace de magnate. Sí, dos capas de representación. Bienvenidos al show.
La premisa es de esas que a primera vista suenan a disparate y a los diez minutos ya te parece la descripción más razonable del presente. Un imperio empresarial. Un planeta devastado. Un sobrino (Jesse Plemons, enorme como siempre) que sobrevive vendiendo las mascarillas que la gente necesita para pisar la calle. Y, para coronar la ironía, la propia familia del magnate muerto financia una obra de teatro que cuenta su vida. El espectáculo, el negocio y la catástrofe convertidos en una sola cosa. (No hace falta estirar mucho la metáfora: ya vivimos en algo bastante parecido.)
El giro que lo cambia todo
El gran acierto de la película es un giro que llega después del primer acto y que obliga a reordenar todo lo visto hasta entonces. Cruise no interpreta al magnate: interpreta a un actor que interpreta al magnate. La diferencia parece menor y es enorme. De golpe, la vida opulenta y desastrosa del personaje principal deja de ser el presente y pasa a ser el pasado recreado, una versión financiada, una biografía de utilería. Y la distopía con mascarillas, que parecía el marco, se revela como el mundo real. Iñárritu hace acá algo que le sale muy bien: mostrar cómo se construye un relato para que olvidemos el contexto en el que se cuenta.
Plemons es, en este esquema, el personaje bisagra. Es el heredero que sostiene el negocio de las mascarillas y, a la vez, el productor de la puesta que recrea la figura de su tío. Las dos cosas no se oponen: se necesitan. El recuerdo del magnate es, literalmente, lo que paga el aire que se respira afuera. Pocas veces una película muestra de forma tan directa cómo la nostalgia de los poderosos es la materia prima de los negocios que vienen después.
Un final que no se termina cuando bajan el telón
El cierre es de los que se quedan. Sobre el escenario se representa la caída y la muerte de Digger, y el público lo celebra como quien festeja un gol en una final. Hasta ahí, teatro dentro del teatro. El truco está en lo que pasa después: la función termina, los espectadores se levantan, se ponen las mascarillas y salen a la calle procurando no cruzarse con el control policial. Es decir, aplauden la versión edulcorada del magnate y vuelven, sin solución de continuidad, a la distopía que ese magnate helped a construir. No hay diferencia entre el adentro y el afuera. Nunca la hubo.
Hay un detalle más, menos obvio y por eso más eficaz. La música, tanto en los últimos minutos como durante los créditos, ofrece pequeños momentos de alivio que son cortados de manera abrupta. Como una radio que sintoniza una canción y se pierde. Es un recurso que extiende la incomodidad más allá de la pantalla: el oído queda en estado de alerta, esperando algo que no termina de llegar. Iñárritu usa el sonido para decirnos que la función, en realidad, no terminó.
Quién mirar si la película llega a la cartelera
Si tuviera que recomendar a alguien para seguirle el rastro, no sería a Cruise (que está correcto y nada más) ni a Plemons (que ya tiene la atención que merece). Me quedo con quienquiera que haya diseñado el sistema de sonido que se escucha en el último acto. En un mundo audiovisual acostumbrado a la banda sonora como muletilla emocional, escuchar a alguien trabajar la incomodidad con silencios y cortes es una rareza que vale la pena seguir de cerca. (Anoten el nombre cuando aparezca en los créditos, porque seguro nadie lo promociona en la alfombra roja.)
Recomendación, sin vueltas: si la película llega a algún festival cercano o a una plataforma, véanla. No es una película fácil ni complaciente. Es de las que te hacen apagar el televisor y mirar por la ventana un rato largo, preguntándote cuántas funciones de este tipo estuviste aplaudiendo sin darte cuenta.
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