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SÁB, 17 OCT 2026
Vida

Cuando el acoso escolar deja de terminar a la salida de la escuela: el alerta de los pediatras argentinos

Un documento de la Sociedad Argentina de Pediatría describe cómo el bullying y el ciberbullying se volvieron una continuidad inseparable: lo que empieza en el aula puede seguir toda la tarde en un grupo de WhatsApp, escalar en redes durante la noche y volver al recreo a la mañana siguiente. Familias, escuelas y equipos de salud, los tres flancos a los que apunta el llamado.

MB
Mónica BaravalleSociedad y pueblos · · lectura 4 min
Cuando el acoso escolar deja de terminar a la salida de la escuela: el alerta de los pediatras argentinos

Lo primero que me llamó la atención, cuando empecé a leer el documento de la Sociedad Argentina de Pediatría, fue una idea que parece simple y sin embargo cambia todo: el acoso escolar ya no tiene horario. Una agresión que empieza en el recreo puede seguir esa misma tarde en un grupo de WhatsApp, escalar en redes sociales durante la noche y volver con el chico al aula a la mañana siguiente. Esa continuidad entre el espacio físico y el digital es el eje del texto que elaboraron ocho comités y subcomisiones de la entidad, y a mí, como cronista de pueblos y de gente, me dejó pensando en cuántos padres y cuántas madres creen que el problema termina cuando suena la campanita.

La frase la dijo con claridad la doctora Silvina Pedrouzo, pediatra especialista en Desarrollo Infantil y presidenta de la Subcomisión de Tecnologías de la Información y la Comunicación de la SAP, y me parece la mejor manera de entrar al tema.

“Antes, volver a casa podía ofrecer una pausa y un espacio de resguardo frente a estas situaciones de acoso. Con el acceso casi permanente al celular, ese límite se vuelve cada vez más difuso: los mensajes, las burlas o la exposición pueden llegar a cualquier hora y extender la situación más allá de la escuela, lo que amplifica su impacto y en consecuencia el daño.”Silvina Pedrouzo, Sociedad Argentina de Pediatría

Qué formas toma el ciberbullying según los pediatras

  • Mensajes de odio y burlas enviadas por aplicaciones de mensajería y redes sociales.
  • Acecho digital y votaciones para humillar a un compañero o una compañera.
  • Creación de perfiles falsos y suplantación de identidad.
  • Difusión no consentida de información privada, fotos o videos.
  • Exclusión deliberada de grupos y manipulación de imágenes o memes.
  • Edición y difusión de contenidos alterados con herramientas de inteligencia artificial, que pueden alcanzar audiencias mucho mayores que las del aula y resultan difíciles de borrar.

El documento aclara algo que a mí, como adulta, me parece importante no perder de vista: no toda pelea entre compañeros es bullying. Para que exista acoso escolar tienen que darse tres condiciones al mismo tiempo: intención de causar daño, repetición sistemática en el tiempo y un desequilibrio de poder que impide a quien lo sufre defenderse o ponerle fin. Puede ser físico, verbal o relacional, y en la mayoría de los casos se sostiene porque alguien mira y no hace nada.

Las consecuencias que describen los pediatras

La SAP advierte que el impacto se ve en el cuerpo y en la cabeza, y que no distingue edades dentro de la infancia y la adolescencia. Entre las consecuencias más frecuentes menciona dolores físicos reiterados, alteraciones del sueño, ansiedad, depresión, aislamiento, caída del rendimiento escolar y, en los casos más graves, conductas de autoagresión o ideas suicidas. Lo grave, remarcan, es que la continuidad digital impide el descanso: la agresión puede llegar al cuarto del chico sin que haya forma real de desconectarse.

A quién le hablan los pediatras

El llamado de la entidad apunta a tres flancos a la vez y los pediatras son muy claros al respecto: la solución no puede caer sobre las espaldas del chico hostigado. A las familias les pide acompañar sin invadir, observar cambios en el sueño, el apetito, el humor o las ganas de ir a la escuela, y evitar dos reacciones opuestas pero igualmente dañinas: quitarle el celular sin más y minimizar lo que cuenta. A las escuelas les demanda protocolos concretos, intervención adulta y trabajo con los grupos que presencian el acoso, porque el bullying es un fenómeno grupal. Y a los equipos de salud les recuerda que están en un lugar clave para detectarlo y contenerlo, sobre todo cuando el chico no lo dice con palabras pero lo dice con el cuerpo.

Vuelvo entonces a la imagen del principio, esa puerta de la escuela que muchos padres y madres cruzaron pensando que del otro lado había un refugio. El documento de la Sociedad Argentina de Pediatría dice, con prudencia pero sin rodeos, que ese refugio se volvió poroso. Y que mientras un chico pueda recibir burlas, amenazas o fotos manipuladas a la hora de la cena, la salida del colegio no marca el final de nada. Por eso, más que un llamado de alarma, lo de los pediatras es una invitación a hacerse cargo entre todos: familias, docentes y profesionales de la salud. Yo, como Mónica Baravalle, me quedo con esa convicción y con la idea de que, a veces, el peor bullying es el que sigue sonando cuando la casa debería ser, otra vez, un lugar tranquilo.

MB
Mónica BaravalleSociedad y pueblos

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