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SÁB, 17 OCT 2026
Vida

Cuando decir que no se vuelve una tarea imposible: las raíces infantiles de un problema adulto y las huellas que deja en el cuerpo

La dificultad para poner límites, y su espejo, la intolerancia al límite ajeno, no son defectos de carácter sino construcciones tempranas que pueden revisarse en un tratamiento. Ansiedad, resentimiento y síntomas físicos forman parte del cuadro.

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Celeste BonettoEducación y universidades · · lectura 3 min
Cuando decir que no se vuelve una tarea imposible: las raíces infantiles de un problema adulto y las huellas que deja en el cuerpo

La escena se repite a diario y atraviesa todo tipo de vínculos: alguien acepta una tarea que no le toca, accede a un favor que lo desgasta, dice que sí cuando quería decir que no. Lo que parece una elección menor acumula, con el paso de los meses, cuadros de ansiedad, un resentimiento que se sedimenta y un cansancio que ningún descanso termina de resolver porque no es físico sino psíquico. Con el tiempo, el cuerpo empieza a poner los límites que la persona no puso: dolores sin causa orgánica clara, insomnio, síntomas que aparecen donde la palabra no llegó.

En el otro extremo aparece el patrón opuesto: quien no tolera el límite ajeno. Para esa persona, un no se vive como una ofensa o un desafío. Esa posición puede parecer fortaleza, pero responde a una imagen frágil de uno mismo que necesita confirmarse venciendo la resistencia del otro. Las relaciones tienden a organizarse alrededor de su voluntad y eso, a mediano plazo, las vacía.

El origen está en los primeros meses de vida

El límite comienza a formarse desde los primeros meses de vida. El bebé necesita que alguien lo ponga porque no hay psiquismo posible sin un afuera que contenga. El pecho que no siempre está, el no ante el peligro, la espera antes de la satisfacción: todo eso, vivido en el momento como frustración, es lo que permite construir la diferencia entre uno mismo y el otro, entre el deseo y la realidad. El límite no es lo opuesto del amor; es una de sus formas.

Cuando ese proceso no se completa bien, aparecen los dos patrones descritos. El primero corresponde al de alguien que aprendió, temprano, que el propio deseo molesta o que decir que no pone en riesgo el vínculo. De adulto, acepta lo que no quiere, tolera lo que le hace daño y se hace cargo de lo que no le corresponde. Los costos, según la lectura clínica que difunde el material de base, son concretos y se expresan tanto en lo emocional como en lo corporal.

  • Ansiedad sostenida y resentimiento acumulado como marcas emocionales centrales.
  • Cansancio que no se resuelve con descanso porque su origen es psíquico, no físico.
  • Dolores sin causa clínica clara, insomnio y otros síntomas que el cuerpo produce cuando la palabra no alcanza.
  • Relaciones que se organizan en torno a la voluntad de quien no tolera el no ajeno y se vacían con el tiempo.
  • Sensación de ofensa o desafío ante cualquier negativa recibida del otro.

Un punto intermedio que se aprende

Entre esos dos extremos existe un punto que no es ni sumisión ni imposición: la capacidad de decir que no sin culpa y de escuchar un no sin sentirlo como amenaza. Llegar ahí tiene un costo concreto porque implica arriesgar el vínculo con alguien de quien se depende, afectiva o económicamente. Pero ese costo suele ser menor que sus alternativas, ya que la alternativa suele ser el agotamiento, el resentimiento o el deterioro sostenido del lazo.

Lo más relevante es que esto no se trata de un rasgo inmodificable de la personalidad. Se construyó en un momento del desarrollo y, cuando no se construyó bien, puede revisarse. Un tratamiento adecuado ofrece el espacio para aprender a decir hasta acá sin sentir que se traiciona al otro, y para aceptar que el otro también tiene derecho a poner un freno. El trabajo clínico no promete volver a la persona más dura ni más permeable: propone recuperar el punto medio donde el límite deja de ser una amenaza y empieza a ser una forma de cuidado.

CB
Celeste BonettoEducación y universidades

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