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SÁB, 17 OCT 2026
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Ad Astra: cuando el viaje más largo es el que hacés hacia tu viejo

Brad Pitt se pone el traje de astronauta y se va al fondo del sistema solar a buscar a su padre. La odisea de James Gray es menos ciencia ficción y más diván interestelar.

AP
Ana Paula GribaudoCultura y espectáculos · · lectura 3 min
Ad Astra: cuando el viaje más largo es el que hacés hacia tu viejo

Dicen que padre astronauta, hijo astronauta. O algo así debe haber pensado James Gray cuando decidió mandarnos a Brad Pitt al otro extremo del sistema solar no para conquistar galaxias, sino para entender por qué su papá se fue sin avisar. Ad Astra (2019) es una de esas películas que se presentan como un blockbuster espacial y terminan siendo un largo viaje en taxi terapia. Anotá: el cosmos puede ser inmenso, pero la mochila emocional de un hijo siempre es más pesada.

Roy McBride (Pitt) es el clásico personaje que mide su pulso como quien mide la presión arterial un domingo a la mañana: cero grados de emoción, máxima eficiencia. Tipazo, modales de monje, sonrisa calibrada. Pero claro, debajo de esa coraza hay un pibe que de chico se quedó esperando a su padre, que se mandó una expedición hace décadas y nunca más volvió. La misión que le encargan, entonces, no es explorar el universo: es encontrar a su viejo y, de paso, preguntarle qué carajo hizo todos estos años.

Un hijo, un padre y muchos kilómetros de distancia

La gracia de la película es que la escala (la Luna, Marte, los confines del sistema solar) está siempre al servicio de lo chico: la historia entre un padre y un hijo. Las persecuciones, los riesgos y el suspenso existen, pero no son el plato principal. Gray los usa como condimento para una narración de ritmo lento, casi contemplativa, donde el viaje físico va destapando recuerdos y revisando la imagen que Roy se construyó de su progenitor.

  • Roy McBride: astronauta de manual, corazón blindado, padre desaparecido.
  • La misión: una búsqueda familiar disfrazada de exploración interestelar.
  • La escala: la Luna, Marte y más allá, al servicio de una historia íntima.
  • La fotografía de Hoyte van Hoytema, que convierte el vacío en paisaje emocional.
  • El motor real: la admiración de un hijo y las cuentas pendientes con la figura paterna.

Y ojo con un nombre: Hoyte van Hoytema. El director de fotografía (el mismo de Interstellar y Dunkirk, por si te suena) se luce acá. Los escenarios espaciales, las escalas del universo, los lugares que visita Roy: todo está pensado para reforzar el aislamiento del protagonista. La ambientación no decora: acompaña el drama psicológico y le da a la recorrida una dimensión que excede el simple traslado entre planetas. Es de esos viajes en los que el paisaje termina diciendo lo que el personaje no puede.

Pitt, mientras tanto, hace lo que mejor sabe: contener. Roy es un tipo que mantiene sus emociones a distancia, y el actor se mueve ahí como pez en el agua. La dificultad para expresar lo que siente va atada al avance de la misión: cada etapa del recorrido es también un tramo de la revisión de su historia personal. La soledad y los lazos familiares atraviesan las distintas paradas del trayecto, y por eso la película funciona tanto para los que vienen por la ciencia ficción como para los que vienen por el culebrón interplanetario.

Mi recomendación, sin vueltas: si te copa la idea de una space opera reflexiva, con menos explosiones y más silencios, Ad Astra te va a dejar conforme. Y si te copa un buen drama familiar con un padre ausente y un hijo que todavía espera una explicación, también. A veces lo más lejos que viaja una persona no es hasta los confines del sistema solar, sino unos cuantos años hacia atrás, a la cocina de la casa donde se crio. (Ah, y no te duermas en los primeros quince minutos: el ritmo pide paciencia, pero después paga.)

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Ana Paula GribaudoCultura y espectáculos

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